El reencuentro

El centro comercial está abarrotado de gente. Le da la impresión que todo el mundo ha tenido la misma idea. Aprovechar los últimos diez minutos antes del cierre para hacer unas compras rápidas. Ya sabe lo que quiere, donde está. Sección de arte. Cuarto pasillo. Tercer mueble empezando por la derecha. Ve como los vendedores empiezan a preparar el cierre. Aprieta el paso. Gira a la derecha. Es entonces cuando la ve. Se cruza con ella. Un par de metros después la reconoce. «No puede ser. Después de todo este tiempo». Ocho minutos para el cierre. Tercer mueble empezando por la derecha. Cuarto estante al lado de un gran libro de color verde. Allí está. Es el mismo ejemplar que había ayer. Tiene la misma muesca en una de las esquinas. «En cambio ella ha cambiado mucho». Vuelve al pasillo central. La busca con la mirada. Quedan seis minutos para el cierre. La encuentra delante de una estantería de novela histórica. Se acerca todo lo que puede. «Necesito ver sus ojos». Piensa rápido. «¿Cómo mirarle a la cara sin ser descubierto?». Recuerda una novela de Cortázar en la que Cortázar se dedica a observar a mujeres través de su reflejo en las ventanas del metro y luego perseguirlas por los pasillos del metro de París. «Estoy en una librería, aquí no hay cristales por ningún sitio. Sólo hay estanterías con libros». Pierde la paciencia. Se agazapa delante de un mueble cualquiera. Coge un libro al azar. Lo abre sin dejar de mirarla. «Son sus ojos azules. Pero el resto ha cambiado. Su gesto es seguro. Nunca estuvo muy segura de sí misma. Siempre fue la típica niña bien. No le gustaba que la gente pensase eso de ella. Para ella, era como si le restregasen la falta de agallas que a veces se reprochaba a sí misma». Sostiene una novela de templarios sin apartar sus ojos azules del texto. Faltan cuatro minutos para el cierre. No suelta la novela de templarios cuando los vigilantes de Prosegur empiezan a pasearse con cara de pocos amigos. «Ahora me recuerda a una de esas estudiantes de comunicación audiovisual que abundan por los bares del Raval. A lo mejor dejó Biología y se puso a estudiar cine». Recuerda una vez que ella le habló de la posibilidad de apuntarse a un curso de verano sobre cine francés. «Un hobby más» pensó. Poco después de aquel verano dejaron de verse. Se le acerca un hombre bastante mayor y ella deja un momento el libro. «¿Su padre?». La besa. «No, no es su padre». Lleva cogido de la mano un niño de unos cinco años con cara de sueño. Cuenta mentalmente el tiempo que hace que no se ven. «Es justo pero cuadra. Quizás se conocieron en la Facultad de Comunicación. Él era su profesor de Narrativa Audiovisual. Su profesor. Su amante. El padre de su hijo. Los sábados por la tarde suelen salir a ver una película y luego van al centro comercial los tres juntos». Dos minutos para el cierre. Un vigilante los invita a dirigirse a las cajas antes de que cierren. Tanta información nueva lo abruma. Entonces se oye un nombre en voz alta. Ella deja el libro de templarios y se dirige a la mujer que ha dicho el nombre. Se abrazan.
- ¿Qué tal? Cuánto tiempo sin verte Helena - le dice la otra mujer.
«Un momento… no se llama Helena». Devuelve el libro a la estantería. Un minuto para el cierre. Se dirige a las cajas. Paga y se va.

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