La Akebia (All Gone)

El sol se había puesto hacía unas cuantas horas cuando la anciana salió a su jardín. Era el patio trasero de los bajos de un edificio de cuatro pisos. Ahora que era de noche, refrescaba un poco y podía regar tranquílamente sus plantas sin miedo a los calores del verano. El cielo estaba despejado y aun y la luz de la ciudad se distinguían algunas estrellas. La anciana no tenía gran cosa, media docena de geranios, un rosal, unos cuantos San Pedros y un par de enredaderas. En un extremo del patio tenía un viejo jazmín. En el extremo opuesto había una akebia. La persona que se la regaló le había dicho que era una planta de origen japonés. La anciana le tenía mucho cariño. Era una planta muy agradecida, crecía muy deprisa y sus flores, de color morado, olían a chocolate. En poco tiempo había cubierto con un manto lila y verde una de las paredes del patio.
En otro lugar de la ciudad una pareja salía de un restaurante y se dirigía a un pequeño local de música en directo de la calle Bonsucces. Alguien cantaba «All gone» de Nicola Conte. Ninguno de los dos se hizo rogar demasiado y en la cuarta canción ella le preguntó si quería ir a su casa.
A la maña siguiente Akebia, que así se llamaba la chica, estiraba los dedos de su mano buscándolo, pero se había ido. En el cojín contiguo sólo quedaban una par de cabellos rizados de su propia melena. Había sido una noche movida. Sonrió. Ya era el tercero que no se quedaba para darle los buenos días. Y además volvía a tener migraña. Comió algo y se arregló rápidamente a excepción del cabello que le llevó casi quince minutos domarlo. Tenía prisa volvía a llegar tarde. Cogió la bolsa, las llaves, la tarjeta de metro, su reproductor de música. En el pasillo tropezó con algo. «Da igual» pensó, ya lo recogería luego. Akebia salió por la puerta sin percatarse de que unas zapatillas del número cuarenta y siete seguían dónde su propietario las había dejado la noche anterior.
Cuando por fin llegó a la oficina los informes del día se acumulaban sobre su mesa. Se sentó y su compañera le preguntó por su demora.
- Ya que llegas tarde, espero que me cuentes todos los detalles de cómo fue anoche.
- Muy bien, hasta esta mañana.
- ¿Y eso?
- Se ha ido sin despedirse. Ya van tres seguidos que me hacen eso. Y  encima vuelvo a tener esta migraña horrible.
- No sé chica. Algo les harás para que todos desaparezcan así – y rió.
La migraña cesó a media mañana y el resto del día transcurrió más rápido. Entre informe e informe miraba de reojo el teléfono por si él llamaba pero no ocurrió.
Los días pasaron empujados por la rutina y una noche de un viernes Akebia estaba de nuevo mirando como un chico sentado frente a ella le llenaba una copa de vino. La cena transcurría entre miradas de curiosidad y citas de escritores sudamericános. A Akebia le aburría profúndamente la insistencia del chico por hablar de Rulfo y Cortázar, pero de vez en cuando hacia algún chiste malo y entonces valía la pena escucharlo.
- ¿Lo de tu nombre quiere decir algo en especial o es un nombre como el resto? quiero decir un nombre porque sí.
- Me lo pusieron por mi abuela. Era su planta preferida, una enredadera con las flores de color lila. No tiene más misterio.
Horas después descansaban exhaustos en su cama. Akebia, apoyó su cabeza en el pecho de él y se dejó llevar por un profundo sueño. La respiración de ambos iba al mismo tiempo. La sábanas oscilaban suavemente arriba y abajo al compás de un dos dos muy lento.
Al principio fue algo pequeño, tímido. Algunos de los cabellos de Akebia empezaron a crecer y se deslizaron sobre el pecho de él, como una leve caricia. Recorrieron su esternón hasta alcanzar su cuello. Al mismo tiempo, uno a uno, se sumaron más cabellos hasta que hubieron cubierto todo su torso. Mientras, algunos mechones coronaban la cima de su barbilla. Le besaron dulcemente el labio inferior y esperaron a que llegaran el resto, entonces corrieron una fina maraña sobre su rostro. Poco a poco el dos dos de su respiración se deshizo en un largo e intinterrumpido silencio. Abrazaron sus sienes y siguieron surcando su cuerpo, descendieron serpenteando su columna hasta que llegaron al más pequeño de los dedos de sus pies. Cuando ya lo habían recubierto por completo, lo empezaron a empujar lentamente hacia dentro, hacia la maraña de cabellos que cubría las raíces de la cabeza de Akebia. Primero desapareció su cabeza, luego el cuello, el torso y los brazos, en silencio, sin ruido, hasta que Akebia se encontró de nuevo sola abrazando el cojín.
El sonido del teléfono la despertó de golpe. Se había vuelto a dormir. Cuando Akebia vio que él se había ido pensó en echarle un candado a la puerta por las noches. Que importaba, él se lo perdía. De camino a la oficina paró en la farmacia y pidió lo más fuerte que tuvieran para el dolor de cabeza. Aquella mañana tuvo que oír como el responsable de departamento, un niñato enclenque acomplejado, le pedía que se cambiara de despertador o de trabajo. Por suerte la migraña dejó de darle problemas para la hora de comer y pudo relajarse un poco.
De camino a casa Akebia contemplaba el reflejo de su pelo encrespado. En el autobús alguien escuchaba a Sinnead O’Connor. En aquel momento se le ocurrió una idea, era una tontería pero le apetecía. Al menos si volvía a llegar tarde, llegaría sólo tarde, en vez de tarde y con el pelo tan despenaido que todo el mundo sabía el motivo. Así que cuando llegó a casa buscó una maquinilla eléctrica que alguien se había dejado y se rapó los cabellos rizados de su cabeza.
Muchas mañanas después Akebia, estiraba los dedos de su mano y lo encontraba dormido a su lado boca arriba, tal y cómo se quedo cuando se durmió, con un reguero blanco de saliva seca en la comisura del labio. Se levantó y fue a por una taza de café. Necesitaba algo que le despejara la cabeza.



El vídeo que precede es la canción que se menciona en el segundo párrafo, pero no es indispensanble para leer el texto. All Gone de Nicola Conte. Editado por mí con sorpresa final. Enjoy it.

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