Los Salmones

«Esta noche fiesta en casa del Nico» fue el mensaje de Alberto. El sonido del teléfono casi lo puso en un apuro. El mensaje le había llegado en medio de la última clase del viernes. Afortunadamente el profesor además de una eminencia en literatura comparada tardomedieval era sordo. Cuando acabaron las clases no se quedó como de costumbre en el bar de la facultad a tomar unas cervezas con sus compañeros de clase sino que fue directo a casa. Vivía a las afueras de la capital en la típica ciudad dormitorio.
Alberto pasó a buscarlo casi a media noche.
- Llegas muy tarde – le dijo
- Me he quedado tirado con el coche, da gracias que no has tenido que empujarlo hasta el garaje de mi casa. Coge una chaqueta que vamos a subir caminando.
La casa de Nico estaba en la parte alta del pueblo, lo que no quería decir rica, sino que el pueblo estaba construido sobre una ladera y la casa de Nico estaba en la parte que quedaba más arriba. Caminaban hablando de cómo había ido la semana cuando se dieron cuenta de que se encontraban en la escuela donde habían pasado su infancia. Estaba compuesta por dos edificios que ocupaban un solar entero. Delante de cada uno de ellos había una pista de futbol. La del patio de los grandes era una pista de baloncesto de cemento. La del patio de los pequeños no era mas que un rectángulo de arena con dos destartaladas porterías de fútbol a cada lado. Eran cerca de la una de la madrugada y como en toda ciudad dormitorio que se precie a esa hora las calles estaban desiertas.
- Con las luces apagadas y de noche parece una cárcel. - dijo Alberto
- Oye ¿y si nos colamos? Sólo para ver si ha cambiado mucho.
- No, sigamos caminando que ya llegamos tarde. – Antes de que Alberto pudiera seguir ya estaba trepando la valla – Yo no pienso ponerme a saltar ahora.
- Pues tu ves tirando yo vendré dentro de un rato.
La escuela no había cambiado mucho. Incluso las porterías seguian siendo las mismas, lo único que alguien les había dado una mano de pintura azul. «A mi me gustaban más rojas» pensó. Siguió deambulando por el patio. Aparte de las manos de pintura el otro cambio que notó era que todo era más pequeño, como si hubiera encogido. Era obvio que no se había encogido pero daba esa sensación. Como aquellos escalones. Estaban detras del edificio de los niños pequeños, justo delante de la pista de arena. De pequeño siempre que pasaba por allí daba un salto y entre los niños de clase competían por ver quién saltaba más lejos. Hacia quince años aquellos tres escalones habían medido un metro. Ahora debían de hacer poco mas de un par de palmos. Camino unos metros hacia atrás. Llevado por un arrebato de nostalgia cogió carrerilla, empezó a correr a pasos rápidos, luego grandes zancadas y cuando estuvo sobre los escalones saltó hacia delante. Tocó el suelo, tropezó, se dio contra la tierra. Se incorporó rápidamente. Se le había desabrochado una de las zapatillas. Hizo un lazo con el cordón derecho y al mismo tiempo con la otra mano pasó el cordón izquierdo alrededor, después había que pasar el cordón por en medio y tirar de nuevo. Se lo había enseñado su hermano esa mañana cuando lo había acompañado al colegio. Se sacudió la arena del chándal y siguió corriendo detrás de Dani. No recordaba porqué corría detrás de él, puede que fuera por algo que había dicho de su mochila, en el fondo daba igual.
El timbre sonó lo que quería decir que el recreo se había acabado. Fue a buscar su jersey que lo había dejado atado a una de las porterías. Al cogerlo se desprendieron algunos trozos de pintura roja. Se fue corriendo junto al resto de compañeros de la clase de segundo que ya esperaban en fila a que la profesora los viniera a buscar.
Tocaba clase de matemáticas. La profesora les explicó que les iba a dar una hoja y tendrían que escribir todos los números del cero al cien. Odiaba aquellos ejercicios, nunca acababa de escribir todos los números a tiempo y tenía que acabarlos en casa. Los odiaba casi tanto como las clases literatura comparada tardomedieval. De repente recordó las clases de la tarde en la facultad. Las cervezas a las ocho de la tarde. La fiesta de Nico. Tenía que llegar a la fiesta de Nico. ¿Pero cómo? faltaban quince años para que tuviera lugar la fiesta de Nico.
Durante algunos minutos pensó que en realidad ya había llegado a casa de Nico y que aquello no era sino un “viaje” inducido por alguna clase de sustancia. Levantó la mano y le pidió a la maestra si podía ir al lavabo. Acto seguido lo hicieron tres niños más.
- Pero si vienes del recreo. – le abroncó la profesora
- Es que se me ha olvidado jugando.
Entró en el baño y se miró en el espejo. No tenía entradas, no tenía la cicatriz debajo de la mejilla, no había rastros de pelo en la cara. Se miró en la entrepierna. La reconocía pero estaba igual que el resto de él, joven, tierna y con algunos pelillos rubios. Era él, sin duda, pero con ocho años. Debía de haber tomado algo. Recordó lo que Alberto le habían explicado alguna vez sobre esta clase de situaciones «Si te obsesionas y te rallas puedes acabar muy mal. Lo mejor es intentar estar alegre y dejarse llevar». Así que eso hizo. Se dejó llevar e intento hacerlo lo mejor posible. Por primera vez en semanas acabó el ejercicio antes de que se acabara la clase de matemáticas. Al acabar el colegio su hermano lo vino a buscar como de costumbre.
A media tarde estaba delante del televisor comiendo galletas.
- Vámonos, que llegarás tarde – le dijo su madre a media tarde.
- ¿A dónde? -
- A natación, ¿dónde quieres que vayamos sino? –
Mierda, fue a esa edad, nunca le había gustado la natación. Y aún no le habían diagnosticado el asma. Se dejaba llevar pero en el fondo esperaba que aquello se desvaneciera como una pesadilla. Pero no ocurrió. Así que se siguió dejando llevar, a las clases de inglés extraescolares, a las clases de natación, a las meriendas de leche con galletas, a jugar de nuevo, a no leer mas que álbumes ilustrados y cómics en sentido inverso, a comprarse bollicaos a escondidas. Día a día fue olvidando todo lo anterior a la noche en que fue a la fiesta en casa de Nico. Llegó a creer que había sido un sueño raro producido por alguna película que no debía haber visto.
Años después apenas recordaba aquella semana en que creyó haber ido a una fiesta de un tal Nico al que ni conocía. Era un sábado por la tarde y había venido a casa un tío suyo al que veían muy poco. Era el hermano de su madre. Trabajaba en un barco y pasaba casi todo el año viajando por el mundo. Toda la familia se encontraba en el salón tomando café y pastel. Estaba sentado en el sofá junto a su tío, sostenía un gran álbum de fotos de color verde. Le enseñaba a su tío las fotografías del viaje a Mallorca que acababa de hacer con la escuela, era el viaje de despedida. Sólo por eso valía la pena llegar hasta sexto curso. Señalaba la última foto del viaje. Era la típica fotografía de clase en la que aparecían todo sus compañeros y la maestra sonriendo delante de un ferry. Cerró el álbum y se percató de que su mano derecha estaba cubierta de vello negro. A su izquierda se encontraba Marizza, una chica a la que había conocido en el último año de la carrera cuando se fue a estudiar con una beca Erasmus a Roma. Se encontraba en casa de sus padres, pero ya  él ya no vivía allí. Sus padres tomaban café y gesticulaban mientras hablaban con Marizza. Esta vez no fue al lavabo. Se pasó la mano por la cabeza y notó el tacto de la piel que cubría gran parte de sus sienes.«Otra vez» pensó.
Días después de la visita a sus padres estaban de vuelta en el aeropuerto del Prat. Iban a tomar un avión hacia Roma aunque Marizza aún tenía unos cuantos días de vacaciones habían decidido volver un poco antes. Mientras esperaba a la salida del avión fue al baño. Marizza tenía aversión hacer sus necesidades en baños públicos, en cambio a él nunca le había importado cagar en esa clase de sitios. Entró en el baño, cerró la portezuela tras de sí y se sentó en el inodoro. Cuando hubo terminado se subió los pantalones, se abrochó el cinturón, tiró de la cadena y salió del baño. Se estaba lavando las manos cuando de repente reconoció un anciano en el espejo. Reconoció sus facciones ahora más marcadas por el paso de los años, cuatro pelos blancos cuidadosamente recortados coronaban su cabeza, por el contrario de lo que él siempre había creído había conseguido ganar peso y lucía un aspecto saludable. Salio del baño camino de la puerta de embarque. Esta vez no recordaba con quién se encontraba, «a lo mejor ahora tengo el alzeihemer», y siguió caminando por el aeropuerto.
En otro lugar algunos años después se encontraba con Pablo en el bar de la facultad, habían empezado a tomar la costumbre de quedarse cada viernes en el bar de la facultad a tomar unas cervezas. Eran los primeros años de carrera y todo el mundo quería demostrar que sabía mucho de todo. Tras muchas cervezas la conversación derivó hacia Proust.
- Puede que no se equivocara con lo del cruasán - le dijo a su amigo.
- Magdalena.
- ¿Qué?
- Magdalena, Proust habla de magdalenas no de cruasanes.
- Da igual que fueran crusanes, magdalenas o sobaos. Escúchame. Lo importante es cómo se sirve Proust de ellos.
Y a continuación le explicó como cuando tenía veintitrés años fue a la fiesta de Nico y volvió a tener ocho años y luego tuvo veintiséis, y luego setenta y cuatro, así sucesivamente hasta  que volvió a tener diecinueve.
- ¿Es de alguien o se te acaba de ocurrir? Suena bien.
- Es un cuento que estoy escribiendo. Pero estoy atascado. No sé hacer con el protagonista. Al principio creía que iba a rectificar las cosas que hizo mal, o que apostaría a los deportes y se haría rico. Cosas así. Pero por ahora solo va dando tumbos por el tiempo.
- En el fondo toda es movida de cambiar el futuro es como la peli de terminator. ¿Sabes? la paradoja temporal, hagas lo que hagas en realidad forma parte de lo que va a suceder igualmente, aunque uno pudiera viajar en el tiempo eso no sería una anomalía sino que iba a ocurrir igualmente.
- Me estas contando la dichosa peli de los huevos. Yo te estoy pidiendo que me digas que harías tú en mi lugar.
- ¿Yo? – Pablo dio un trago de cerveza y se quedó con la vista en el cielo varios segundos, haciendose rogar– Dejaría que tu personaje asumiera lo que le ocurre y se dejara llevar. Ya sabes, que disfrutará de cada vez que volviera a tener ocho años.
- Eso sería desperdiciar una oportunidad
- En el fondo tu crees lo mismo que yo, sino ya le habrías hecho cambiar el futuro o algo así, ¿No? ¿Por qué no lo has hecho?
- Quizás tengas razón. No sé, nadie me garantiza que si cambio algo salga mejor. No digo que al personaje le falten agallas para cambiar las cosas. Sino que simplemente entiende que la vida que le ha tocado vivir es la mejor de las que puede vivir.
- Eis, tampoco te emociones, no te lo tomes tan en serio. Al fin y al cabo sólo se trata de un cuento.

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