Por la noche en las tejados

Huele a hielo y humo de escape. 
No hay luna. Hace frío y el cielo es tan oscuro que engulle toda luz de los adornos navideños.
Llueve un poco. 
Oye los charcos estallar bajo sus botas. Se desliza entre las sombras. Corre por los tejados, se agarra a los salientes, salta entre las cornisas. Rápido, en silencio. Sin detenerse. 
Apenas un destello rojo en las azoteas. Los gatos huyen a su paso.
Papanoel no se detiene. Carga un pesado saco de lona roja. Ya es un poco mayor para esto se dice a sí mismo. Su larga barba blanca se engancha en un cable. Sonríe mientras la estira. La gente ya no le menciona como antaño. Saca la lista de nombres. Dirección. Pero ésta es su razón de ser. Cuarta planta. Es lo único para lo que sirve. Los pisos hace tiempo que dejaron de tener chimenea. Nunca fue un problema. Papanoel fuerza la puerta de la terraza con un ligero toque de dedos. Empuja su voluminosa barriga dentro del piso. Deja el saco en suelo. Es entonces cuando ve al niño. Camina arrastrando los pies y se frota los ojos enteabiertos. Papanoel se arrodilla. Sonríe y se lleva el dedo índice a los labios haciendo el gesto de silencio.
El niño abre mucho los ojos, abre la boca como dubitativo y entonces exclama:
- Hostia, hostia, ¡eres Batman!

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