La sabiduría de los manatíes

Huele a cloro y vapor de agua.
Huele a piscina y baldosas fregadas con lejía.
Huele a desodorante Axe y al chapoteo de mis sandalias en el suelo mojado.
Huele al aire del secador entrando por mi oído para secar las gotitas de agua caliente que se quedan allí después de nadar.
Huele a mi miedo a que al bajar las escaleras se me resbale un pie y me desnuque vestido sólo con un bañador carcomido por el cloro.
Huele al tacto de mi mano sobre la barandilla rugosa pintada de minio que lleva del vestuario a la piscina.
Huele al ras que hace la cerradura de la taquilla al meter la llave con fuerza.
Huele a las toallas en el suelo y la danza de la pata coja cuando nos cambiamos los hombres en el vestuario.

A esta hora de la mañana la piscina la ocupan escuelas de primaria con niños cabezones como boyas que gritan y hacen espuma con los pies en el agua. En el carril más alejado, algunos jubilados nadan con feliz parsimonia como si fueran manatíes. Visten bañadores de slip tan holgados que nadie dudaría de la importancia de la licenciatura en física al verlos.

«Faire l'exercice, c'est la sante» dice uno de ellos . Y lo dice así, en francés como si supiera que luego voy a hacer una historia con ello. Así que me lanzo al agua y durante las siguientes 20 piscinas sólo pienso en el techo de madera y en no descontarme.

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