El Gran Bazar Oriental

Al mismo tiempo que ponía el agua a hervir cogió una sartén. Puso una cucharada de aceite y cocinó a fuego a muy bajo el calabacín cortado en rodajas. Pasados unos minutos también añadió la cebolla. Los macarrones ya llevaban varios minutos hirviendo, fue en ese momento cuando se acordó de que se había dejado los tupperwares en casa de su madre. Retiró los macarrones de la olla y los dejó en el escurridor.
Bajó a la calle y se dirigió a un a tienda al final de la manzana cuyo rótulo rezaba «Gran Bazar Oriental». Era la clase de tienda donde uno encontraba multitud de artículos de dudosa calidad a buen precio. Compró un tupper de plástico blanco opaco y volvió rápidamente a casa.
Cuando entró en la cocina los macarrones aún estaban calientes. Abrió el tupper para verterlos per no pudo. Dentro había un sobre de color rosa con estampados de Mickey Mouse y escrito en el dorso «A quién lo encuentre», era una carta. La retiró con cuidado, lavó el tupper, vació dentro el escurridor, mezcló los macarrones con el calabacín pochado y espolvoreó un poco de pimienta molida. Por último cortó dos porciones muy gruesas de queso de rulo de cabra y las añadió a la mezcla. Cerró el recipiente y dejó que el queso se fundiera con el calor que desprendía todo.
Más tarde, cuando ya hubo recogido la cocina, se sirvió una copa de vino tinto, un Rioja Coto Privado 2012, la cosecha de este año había salido excepcionalmente buena, . Se sentó en el sofá y empezó a leer la misteriosa carta que había encontrado:

«A quién encuentre esto:
Me llamo Javier Ibáñez López DNI 36656427, trabajo como auxiliar de biblioteca en la facultad de la Universidad Carlos IV gestionando el catálogo de filosofía y letras. Vivo en la calle Ramón Turró, en el número 4, es un entresuelo sin ventanas a la calle, no es muy luminoso pero a cambio pagamos un alquiler muy bajo.
Si alguien encuentra esta carta que le diga a mi mujer que estoy vivo, que me encuentro bien, o mejor, que le diga que me tocó la lotería y que huí a un país sudamericano para gastarme el dinero en mulatas y en drogas. Prefiero esa historia a que trate de entender lo que realmente me ha ocurrido.
Vine a esta tienda en busca de un desatascador para el desagüe de la ducha, uno de estos de goma que son como una ventosa. No he podido salir desde entonces.
La primera vez que entré, lo recuerdo bien porque he tratado de volver sobre mis pasos incontables veces, enfilé un pasillo en el que en sus estantes se apilaban ceniceros a cada cual más hortera: metálicos, de barro, con duendes esculpidos, con duendes esculpidos pintados con purpurina, con dragones, con payasos, con payasos llorando, con mimos, así hasta llegar a la esquina. Al final del pasillo había un obertura en la pared y desde allí se accedía a otra habitación parecida cuyas estanterías metálicas con objetos apilados sin sentido se sucedían en el mismo orden. Cuando ya llevaba varios pasillo recorridos deambulando entre los más variopintos objetos, uno de los propietarios de origen asiático me indicó que los desatascadores estaban en la siguiente sala. No los encontré en la siguiente sala pero después de eso fui incapaz de volver sobre mis pasos y encontrar la salida. Desde aquel día camino sin fin por estas estanterías.
He estado semanas recorriendo pasillos llenos orinales de plástico con todas las formas de los animales del zoo. Duermo resguardado en alfombras de nylon, me alimento de zumos de frutas exóticas y chocolatinas cuyos ingredientes están escritos en un idioma que no entiendo. A falta de lavadora, empecé a vestirme con lo que encontraba por aquí. A veces la ropa interior pica un poco pero después de las primeras ampollas la piel se acostumbra al acrílico. El resto de detalles no a voy a explicarlos pero uno puede imaginárselos fácilmente.
Aquí uno pierde la noción del tiempo. Aunque hay infinitos pasillos con relojes de formas que harían las delicias de cualquier abuela del extraradio todos indican una hora distinta. La luz tampoco ayuda mucho. Los luz fluorescentes del techo nunca se apagan. No sé cuando es de noche y tampoco sé cuando es de día, así que normalmente cuento el tiempo con un temporizador de cocina con forma de pavo asado capaz de descontar 12 horas seguidas.
Pese a todo esto nunca he pasado hambre ni frío. Si quisiera tampoco me aburriría, hay estantes repletos de libretos de pasatiempos, de puzzles, de juguetes, máquinas matamarcianos, balones de plástico... En cierto modo el gran bazar me proporciona todo lo que necesito, me alimenta, me arropa, me protege y me aísla del mundo como si de un nuevo jardín del edén manufacturado en china se tratara. Pero yo ansío salir.
He hecho marcas en el suelo, he tratado no perderme atando una cuerda, pero todo ha sido en vano. Hasta donde he podido discernir la tienda se expande de manera continua según salas rectangulares idénticas con doce pasillos cada una. Cada pasillo está compuesto por estanterías de doce renglones. Hay un marco en cada una de las cuatro de las paredes de la sala que comunica con la siguiente sala. Estos marcos siempre se encuentran encajados en las estanterías y su lugar a lo largo de la pared varía de una sala a otra de modo que su disposición en la sala nunca es simétrica. Además tengo la sospecha que cuando duermo los pasillos se reordenan a mi alrededor como hileras de un cubo de rubik de imitación de los muchos que abundan por aquí.
Por supuesto que he tratado de pedir ayuda, que nadie crea lo contrario. Al principio la pedía a los dependientes de origen asiático, pero sus indicaciones aunque aparentemente esclarecedoras, no hacían si no que perderme aún más. Después empecé a preguntar por la salida a otros compradores que había por aquí pero sus indicaciones tampoco dieron resultado. Luego hubo un tiempo en que parecía que las únicas personas que entraban en la tienda eran turistas que hablaban otros idiomas. Al principio hablaban inglés, francés, italiano, luego servocroata, sueco y una ristra de idiomas ininteligibles, que me hizo empezar a considerar la posibilidad que la tienda se expandiera en el espacio a lo largo de todos los continentes.
Me mantiene cuerdo la esperanza de hallar algún día la salida y salir de mi particular prisión. Esta carta es mi último aliento entre tanta manufactura asiática. A quién la encuentre le pido envíe  a buscarme un equipo de espeleólogos en combinación con uno de marines equipados con gps y sónar. Y si no me encuentran simplemente díganle a los míos que yo sólo quería arreglar el desague y que siempre los quise.


Atentamente
Javier

Algún día cerca del año 2242»

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