La importancia de las marcas

La mañana que el joven nadador especialista en mariposa no se clasifica para ir a los campeonatos nacionales, vuelve antes a casa y se sorprende por la luz que entra en el comedor. Nunca antes había estado a esa hora en el piso. Tira el macuto al suelo con desgana, se dirige a la cocina, abre la nevera y coge una lata de cerveza. Con la misma actitud sale a la terraza. Hay un par de hamacas y una maceta. 

Cuando se instaló fue todo muy rápido. Hace ocho meses un representante de uno de los clubs más importantes de la capital vino a verlo personalmente y le dijo que lo habían seleccionado para su equipo. Al día siguiente tomó un tren desde el pueblo a cien quilómetros de la capital donde vivía con sus padres. Vino con una bandolera, dos bañadores y su reproductor de música. Lo único que trajo de recuerdo de su casa fue una vieja maceta con una hierbabuena que tenía casi tantos años como él. Desde entonces su rutina consistió en jornadas de entrenamiento de doce horas: en la piscina, en el gimnasio o corriendo el exterior para ganar fondo. Los fines de semana se los pasaba durmiendo, entrenando por su cuenta y en la biblioteca del barrio a la que iba para «ejercitar también la cabeza». Hasta ese día.

Así que esa mañana, cuando sale a la terraza con una lata de cerveza y descubre que la hierbabuena está moribunda piensa que es demasiado. La planta está alicaída. Antes frondosa ahora sus hojas están secas por las puntas y una motas grises recubren el resto. No está dispuesto a aguantar eso también ese día.
Se pone las gafas de sol, mete con cuidado la maceta en una bolsa de papel muy grande y sale a la calle. Dos manzanas más abajo hay una floristería. Cuando entra por la puerta de repente todo le parece ridículo: él, su chándal, su maceta. Decide inventarse una historia menos absurda que justifique que hace allí.

Dentro le atiende una joven dependienta. Él le enseña la planta moribunda como quien enseña a su gato con la pata rota. Ella lo hace pasar una habitación contigua, hay tierra negra y restos de hojas por todas partes. Deposita la planta en una mesa de madera iluminada por una lámpara que cuelga muy baja desde el techo. El joven nadador especialista en mariposa le explica que cuando su novia se fue a México a hacer un posgrado en Bellas Artes se la dejó para que la cuidara. Le explica que la ha regado, a veces mucho, otras veces menos. Ella le escucha, toca las hojas de la menta con la yema de los dedos, la planta tiene hongos, saldría más barato que comprara una nueva antes que el fungicida necesario dice. Él le habla de la terraza inmensa de baldosas rojas en la que la tenía su novia, del sol que allí daba durante todo el día. La dependienta hunde sus dedos en la tierra negra de la maceta, agrega nueva tierra «las plantas respiran por las raíces». Su novia vuelve dentro de tres semanas, vuelve a inventarse él. Ella deposita en la tierra unas bolitas grises y azules azules, abono, vitaminas para que la planta recupere fuerzas, dice. Entra un hombre con una delantal verde, mira la planta. «Está acabada». Dice que coja una de las que tiene a la entrada, valen sólo siete euros. La dependienta le explica la historia que el nadador especialista en mariposa acaba de inventarse, le habla de su novia, del viaje a México y de que vuelve la semana que viene. La chica repasa los tallos de la planta con las manos y arranca una a una las hojas secas. Aplana la tierra y la riega un poco. Vuelve a meter la planta en la bolsa. Le dice al chico que la riegue sólo cada tres días. Le dice que si la planta no mejora en un par de semanas venga de nuevo y buscarán una que se le parezca para que su novia no note la diferencia.

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