La maleta siempre preparada


De los muchos trabajos curiosos y creatívamente remunerados que he tenido, recuerdo con especial cariño uno que tuve hace ya unos cuantos años en la ciudad Alemana de Bremen.

Tras agotar mis últimas liras fui a parar a un callcenter . La empresa estaba en el edificio anexo de una fábrica a las afueras cerca de la parada de metro de Oyten. Las oficinas estaban en la tercera planta. Consistían en un pequeño recibidor, un despacho con dos mesas que tanto servían como recepción,administración, recursos humanos, salita de reuniones y sala de comer de los empleados. El director, por supuesto tenía su propio despacho. Un cuadrado situado allí en medio con las paredes acristaladas hasta media altura y con unas cortinas de aquellas de oficina, siempre abiertas en el punto estratégico.

Luego había un pasillo que atravesaba todo el piso y al final un cuarto de baño con dos retretes idénticos. A ambos lados del pasillo estaban los locutorios propiamente. Eran dos sala simétricas, idénticas, como si un espejo mediara entre ellas. Cada sala debía tener poco más de dos metros de ancho por veinte de largo. Dentro, los cubículos a cada lado de la habitación. Separados por paneles de madera, cada cubículo debía tener cerca de medio metro de ancho; el espacio justo para que cupiera el monitor de un ordenador, el teclado y un teléfono.

El único requisito para trabajar allí era tener un tono de voz amable y cumplir las cuotas. Era una empresa de televenta con la peculiaridad de que vendían casi cualquier cosa por teléfono. Para llegar a cuotas a partir del tercer día tenías que hacer una ventas totales diarias por valor de ciento cincuenta dirhams. El sueldo de los teleoperadores consistía en el 10% de lo que hubieran vendido ese día. El servidor marcaba números aleatóriamente y te tocaba empezar a hablar sin saber a quién o qué te dirigías. La dificultad residía en que tenías veinte segundos para decidir que artículo ibas a intentarle vender al incauto que hubiera descolgado el teléfono. La mitad de los nuevos caían rápido. Se pasaban la jornada intentado vender ordenadores de mil marcos para llegar a cuotas rápidamente. Los veteranos de lugar hacíamos lo contrario. Intentábamos vender productos de poco valor: baratijas, payasos de porcelana, toallas de su equipo de fútbol favorito, paquetes de macarrones a precios irrisorios, gafas de imitación, y solo cuando la cuota ya estaba cumplida íbamos a por cosas más grandes por el mero hecho de engordar aquel día nuestra comisión.

El equipo variaba mucho pero una vez superamos las tres primeras semanas nos dimos cuenta que había un grupo que siempre éramos los mismos. No diré que fuéramos muy normales, había que estar pasando por alguna clase de contratiempo para aceptar aquellas condiciones pero en general éramos majos. Primero estaba Thomas, un tipo muy prolífico que además de trabajar allí era un director de cine porno duro reconocido en los circuitos más exquisitos. Reflejo de la mala situación que estaba pasando toda la industria a causa de que cualquiera pudiera grabarse mientras lo hacía en la lavadora con teléfono móvil, cada vez rodaban menos profesionales y se encontraba allí seis horas al día para poder pagar el alquiler. Luego estaba André que en sus ratos libres escribía poesía-hiphop y realizaba perfórmances, la dulce Hansi, Marcus que cada año se presentaba a oposiciones de cualquier cosa que ofrecieran en el ayuntamiento, dos portuguesas que sólo hablaban portugués y tenían un trato con el jefe para llamar sólo a números de esa zona y Joseph. 

A primera vista, Joseph parecía uno de los muchos emigrantes turcos que había en la ciudad. Vestía un grueso abrigo de pana marrón, jersey de lana, zapatos y una maleta lona negra de la que nunca se separaba. Tenía un alemán fluido  como el de los alemanes de la baja Sajonia que sólo era capaz de reproducir mientras estaba al teléfono. Cuando no tenía el pinganillo puesto, su alemán era entrecortado, tímido, agramatical como el de cualquier otro inmigrante.

En general era poco hablador pero se notaba su esfuerzo por integrarse y pasar desapercibido. Solía llegar de los primeros a la oficina. Se esperaba en la puerta, de pie junto a los escalones de la entrada, mirando al cielo, las manos en los bolsillos y su maleta de lona negra a su derecha. Cuando hacíamos la pausa bajaba con nosotros. Nos preguntaba por la mañana, por cómo nos habían ido las ventas «¿Mañana bien? ¿Ventas bien?» y se quedaba a nuestro lado con su maleta a su derecha. Siempre su maleta.

Al principio uno no se fijaba pero poco a poco me di cuenta de la maleta. Joseph nunca se separaba de su maleta. Hiciera lo que hiciera siempre la llevaba consigo. Si alguna vez iba al lavabo, por supuesto se llevaba con la maleta. Si bajábamos a por a tomar un café era más probable que bajara sin abrigo a que lo hiciera sin su maleta. Siempre su maleta.

Un día lo comenté con André, que era quien Joseph más hablaba ya que cogían el mismo tranvía en dirección a las mil viviendas del sur. André ya había estado pensando en ello y tenía ganas de hablar. Lejos de lo que todo el mundo creía, me dijo, Joseph no era turco. Es más, estaba casi seguro Joseph no era ni su nombre, me dijo que había visto otro nombre escrito en el sobre con el cheque que nos entregaban al final del día. Creía que Joseph era alguna clase de exiliado político de algún país de Oriente Medio, Jordania, Siria, Palestina quién sabe. «¿Y lo de la maleta?» por si hay que salir corriendo me dijo. Seguramente en la maleta llevaba lo indispensable para estos casos. Una muda de ropa interior, calcetines, un jersey, un pasaporte falso, dinero en efectivo dólares o euros, una edición de bolsillo de "Un Mundo sin Fin", y un bote pequeño de gel de baño de esos de los que te dan en los moteles. André ya había conocido a algunos inmigrantes así. Los veías un día en la escalera y al día desaparecían sin despedirse. Era muy posible que Joseph fuera otro.

Después de esta conversación André y yo empezamos a bromear sobre el tema durante la jornada de trabajo. Un mediodía fuimos los tres a un café que habían abierto al otro lado de la calle. Solo sentarnos Joseph fue al baño, y ya fuera por que se encontraba confiado, o por descuido, se dejó la maleta junto a la silla, a su derecha. Unos segundos después de irse hicimos alguna broma. Dijimos algo sobre el KGB y Osama Bin Laden, una cosa nos llevó a la otra y acabé cogiendo la maleta de Joseph. Era una maleta normal y corriente, no pesaba mucho, lona negra, costuras gruesas, cremalleras por doquier y cierres de plástico negro en click. No llegué a abrirla. Tampoco recuerdo si pensé en hacerlo, pero cuando la tenía entre mis manos pensé que estaba llena a conciencia. Fuera lo que fuese que había metido dentro Joseph lo había embutido y no quedaba ni un rescoldo de espacio vacío. André vio la puerta del baño a abrirse y dejamos la maleta donde estaba. Tratando de ponerla justo como estaba. Joseph no dijo nada, tampoco creo que se diera cuenta. Tomamos nuestros cafés y volvimos a la oficina. Fue cuando pasé mi tarjeta de fichar cuando me di cuenta de que Joseph ya no iba detrás de André. Durante la tarde asomé varias veces la cabeza fuera de mi cubículo pero no vi su espalda. Tampoco le vi irse con André al acabar la jornada. Al día siguiente no vino y cuando pasados varios días le pregunté a nuestra administrativa ,Irma, por él, me dijo que había llamado hacía cosa de dos días diciendo que no vendría más a trabajar.

Pasados unos meses conseguí ahorrar lo suficiente y me fui de aquella oficina. No volví a ver a Irma, ni a cualquiera de los que estábamos allí y por supuesto nunca más volví a ver a Joseph.

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