Carta abierta a mis amigos humanistas






(leedla en voz alta)


A mis amigos humanistas, a los que hicieron la carrera conmigo y compartimos codos e interminables partidas de cartas en el bar de edificio de "Jaume I"  de la Facultad Pompeu Fabra, embriagados de cerveza Estrella y de la sabiduría de Pérez Borbujo, Domingo Ródenas, Javier Aparicio, Isabel Valverde, Joseph Pich incluso mi querido Michael Pfeiffer, a todos ellos, y a todos con los que posteriormente me crucé y descubrimos gratamente esa afinidad. A todos ellos.

Me he hecho cholo.

Me he desculturalizado, desnaturalizado y cualquier otro verbo parecido que haga una aliteración. La lectura por la Play, las tardes en los cines Verdi con documentales subtitulados por el partido de turno en el bar de la esquina. He cambiado los domingos en la biblioteca guardando los sitios de mis compañeros con los libros de Alfons Mucha, por los domingos en barbacoas colectivas en el bosque rodeados de cerveza en barreños con hielo mientras de fondo se oía el radiocasette de un seat ibiza con los bajos tuneados. Las clases de literatura comparada, por comparar recetas de cocina, el milagro del vacío en las pinturas de Rothko por el milagro de lo fácil que es hacer un estofado a pesar de que tengas la nevera vacía. El culto a la mente traducido en horas y horas de lectura de autores clàsicos, por el culto al cuerpo traducido en horas y horas de gimnasio tal y como hacían el resto de griegos que no estaban de fiesta en el Banquete de Platón.

La vigorexia como mística, como consecución de un estado de anulación voluntario de la mente. Alcanzar la reflexión metafísica en la que todo desaparece y el uno se eleva por encima de yo-ser-ahí dasein terrenal. No como resultado de un ejercicio de concentración ascética, sino porque los cuarenta kilos por lado de press banca que sujetas con tus brazos amenazan con decapitarte de la manera más estúpida posible, estirado en un banco de un gimnasio, si dejas de pensar en ellos. Hablamos de la vigorexia en tanto que mística siempre y cuando antes hubieras pensado en ella, si no, ni habrás notado la diferencia desde que entraste por la puerta del gimnasio.

Disfrutar de las pelis de Michael Bay, pero disfrutarlas con la coletilla de que es un acto consciente de voluntad de entretenimiento vacío y autoreferencial; ¿pero acaso no es ese vacío, el modo en que ven sus películas los canis? Yo he comido en el Burger King a menudo y me he deleitado con la salsa de cebolla caramelizada de la hamburguesa “doble cheese burger royal Angus” que es más azúcar que cebolla liofilizada, para luego relamerme las encías a sabiendas de la existencia del filete de buey de Nebraska poco hecho aderezado sólo con sal volcánica y pimienta. Lo posmoderno como excusa para todo. La metaficción vacía. El hipertexto a ninguna parte. El guilty pleasure como justificación ante la nada, pero pleasure al fin y al cabo.

Renuncio a todo a lo superficial, a todo intento de explicación de discurso teórico y me doblego a mis instintos primarios en un acto de puro hedonismo. Al sol, a la compañía, a la comida, y a aquellos medios que me provengan de tal fin. Cualquier otra cosa ya no me interesa.


No es este lugar para describir el camino que me ha llevado hasta aquí, tampoco quiero hacerlo. Al final, el dónde y el cómo son interrogantes que forman el propio sendero. Como decía la hermenéutica moderna en la clase en la que más atento estuve de Victoria Cirlot, no hay preguntas sin respuesta sino preguntas mal formuladas. Pues en este caso, es la voluntad deliberada de ignorancia lo que impide hacer tales preguntas, lo que ya es una respuesta en sí misma.


La alta cultura, como la felicidad, como el heavy metal, al final no es circunstancial, sino una actitud ante el devenir de uno mismo. Por eso ahora, en estos días que retomo con fuerzas renovadas mi propia Iliada, no puedo decir más que...


¿Qué pasa neng?


Un abrazo a todos.



A ti también Vila.


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