La Zapatilla

Bartolo Fernández Rodríguez ingresó a principios de Abril en el Hospital General del Sagrado Corazón. No confundir, como hicieron muchos de sus familiares que le visitaron, con el Hospital Clínico Sagrado que hay al otro extremo de la ciudad separado por veintidós paradas de metro.

Bartolo Fernández Rodríguez de profesión notario, hacía años que padecía problemas de circulación que se agravaron por una pulmonía que hizo que lo hospitalizaran. Durante su estancia en el centro médico, una complicación con sus problemas circulatorios obligó a los médicos a amputarle la pierna derecha del mismo modo que un barco arroja lastre para poder seguir navegando. Una semana después, Bartolo Fernández Rodriguez, que siempre acompañó el postre con una onza de chocolate negro, sin su pierna derecha falleció inevitablemente.

Sus familiares con su hijo Bartolito Fernández Pérez a la cabeza, procedieron con la voluntad de su padre. Tras un velatorio fugaz incineraron su cuerpo en un ataúd de madera liso sin barnizar. Las cenizas las depositaron en una urna metálica, que de lejos parecía un termo de café más grande de lo normal y que su padre había escogido expresamente la noche que el Atlético de Madrid perdió la final de La liga Europea de fútbol frente al Borussia Dortmund.

Una semana después de que la urna estuviera en la casa familiar, llamó una funcionaria del Hospital Clínico Sagrado que era donde se realizaban los trámites del Hospital General del Sagrado Corazón. Les informaba que aún conservaban la pierna derecha amputada del ya difunto Bartolo Fernández Rodríguez y que no sabían que hacer con ella. Bartolito Fernández Perez hijo releyó de nuevo el testamento de su padre y comprobó que no había previsto tal contingencia. El cuerpo de Bartolo Fernández Rodríguez padre, había sido incinerado y ahora les quedaba esa pierna, que ya no era su padre, ni una pierna, si no que era igual que un zapato derecho sin su par izquierdo, inútil.

Alguien propuso tirar la pierna a la basura, orgánica matizó, pero el resto de familiares se opusieron a la idea ya que no dejaba de ser la pierna de Luís Bartolo Fernández Rodríguez. Otro familiar propuso como solución intermedia donarla al hospital por si alguien la necesitaba. Desde el hospital general del Sagrado Corazón le indicaron que la calidad de los órganos o extremidades de un octogenario impedía hacer tales donaciones. La funcionaria al otro lado del teléfono les dijo que lo más indicado era incinerar la pierna como hicieron con el resto de su cuerpo. El hijo menor de Bartolo Fernández Rodriguez, Agapito Fernández Pérez se negó, argumentando la cantidad exagerada de dinero que les había costado la última vez que incineraron a su padre. Si seguían así deberían incinerar todas sus cosas, sus libros notariales, sus ropas viejas, su esposa, sus muebles, y arruinarse en el proceso ya que también eran parte de él.

El hijo mayor, Bartolito Fernández Pérez, eregido como nuevo patriarca, impuso su autoridad. Les recordó que su padre había pedido que incineraran su cuerpo y que de algún modo su pierna formaba parte de su cuerpo. Resolvieron los trámites con el hospital y contactaron de nuevo con la funeraria. En la empresa nunca habían incinerado una pierna sola y no tenían ataúdes de esa medida. En secreto acordaron con Bartolito Fernández Perez hijo usar un ataúd para perros labradores, que tras girar el tobillo hacia la rodilla encajó perfectamente en la caja.

Luego Bartolito Fernández Perez hijo les llevó de nuevo la urna metálica donde estaban las cenizas de su padre. Un empleado ataviado con unos guantes de goma verde y una pala de plástico azul depositó cuidadosamente las cenizas de la pierna de Bartolo Fernández Rodriguez. Cerró el bote y con tal de mezclar bien las cenizas, sosteniéndolo con las dos manos, lo agitó brevemente.

1 Comment:

Anónimo

Como siempre, ya sabes que soy un seguidor y admirador de tus cuentos. Este me ha sorprendido un poco, por que de alguna manera rompe con la formulas narrativas utilizadas en otros cuentos (sobre todo la intriga) y propone la crónica como alternativa. (creo que la historia ofrece menos de lo que contiene)
De todas forma, también he creído interesante el grado de solemnidad que adquieren los acontecimiento, a partir de la cita reiterada y constante de los personajes. Muy propio para el momento.